Era el otro
extremo, era como si en efecto mirara hacia atrás. Al lado izquierdo un camino
de arena, que conduce a una especie de final inconcluso, más allá continúa ese
camino después del camino, como si la arquitectura supiera el futuro y lo
oculta.
Al lado de ese pasaje
de arena, una silla igual a la que estoy sentado, una mesa de metal con un
tablero gris y negro. De cerca no combina con el parque, pero si lo vemos de
lejos no importa; allí hablaban divertidas tres mujeres, al frente un perro
acechaba un insecto entre los arbustos, mientras su amo distraído, habla
copiosamente con una mujer desesperada.
Vuelvo a mirar
desde el otro extremo, y corroboro el parque ya no era igual. Habían más
plantas, pasto verde oliva, flores todas diferentes; las clasifique por
colores y conté más o menos 12 distintos.
-
Señor, Buenas tardes, no he podido
reunir. Mis hijos no han almorzado.
Mi ensimismamiento
desconcertado se llena de atención, veo en esa mirada un espejo, uno que me
permite ver ese mismo pasado cuando veía a mi lado derecho del parque. Fue como
recordar un Deja vu, fue ver mi expresión de desaprobación respondiendo a la
tuya de bondad, una bondad ingenua, pero bondad al fin de cuentas.
Cuando regresé mi
rostro, me percaté de la basura que reposaba en el suelo, sólo fue un gesto de
nostalgia querer mirarte reprochando esa irresponsabilidad. ¿Querías cuidar la
naturaleza tirando basura a la piso? Una contradicción que nunca me gustó, pero
siempre lo olvidé para reprocharte una y otra vez.
Lo recorrí con la
mirada y en mi pensamiento, de construí lo nuevo hasta dejarlo tal cual como en
el momento que todo inició. Me volví a ver contigo bajo ese árbol, con la misma
hoja recién impresa. Agucé la mirada y solo reconocí algunas letras.
“Toco tu boca, con un dedo toco el
borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por
primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo
todo y recomenzar (…) Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y
entonces jugamos al cíclope (…) y yo te siento temblar contra mí como una luna
en el agua.”
Debería saberlo de
memoria, pero de todas formas, estaba allí, caminé alrededor del árbol y vi que
el parque en ese entonces no era el mismo, y desde ese entonces me vi sentado
en esa silla gris y negra como si existiese una línea que se iniciara a trazar
en el futuro hasta le pasado, una que hacía verme a mí mismo sentado, mirándome
a los ojos y luego mirándome caminar alrededor nuestro, y ese mismo yo miraba
conmigo al tiempo cuando todo inició.
El texto entre Comillas pertenece a Julio Cortazar.
